Ambiente y reproducción

Ambiente y Reproducción

El ciclo reproductor depende básicamente del control hormonal; sin embargo, también actúan sobre él estímulos ambientales: unos de naturaleza abiótica (luz, temperatura, humedad, etc.) y otros debidos a los propios seres vivos (la pareja sexual, las crías, los congéneres, etc.). De la interacción de estos factores con el propio sujeto se produce la respuesta adecuada, que traerá consigo el nacimiento de las crías en la época mejor para su supervivencia. La mayor parte del conocimiento sobre la influencia del ambiente en la reproducción se ha obtenido gracias al estudio de las aves, y así, se ha sabido, por ejemplo, que la mayoría de las aves que habitan lejos de la zona ecuatorial entran en celo y anidan en primavera: es decir, cuando la temperatura ambiental inicia su ascenso y los días tienen más horas de luz. Debido a este hecho, durante mucho tiempo se pensó que la temperatura era el factor principal que actuaba en el desencadenamiento reproductor; sin embargo, reiteradas experiencias han demostrado que una determinada ave podía entrar en celo incluso en invierno si se le aumentaban los períodos de iluminación. Pese a la estimulación con la luz artificial, no se producía respuesta si la experiencia se realizaba a finales del verano o a principios del otoño, pero esto se debe a que existe un período de reposo fisiológico tras es el esfuerzo de la época reproductora (reposo que puede ser disminuido sometiendo a las especies después de su actividad reproductora a períodos de iluminación muy cortos pero diarios).


La explicación fisiológica que se da a la acción de los estímulos de naturaleza luminosa sobre la reproducción, es que la luz es recogida por la glándula pineal, y sobre todo por los ojos, y, mediante las vías ópticas nerviosas, dicha estimulación es conducida hasta el hipotálamo, quien manda a los factores de liberación hacia la hipófisis anterior para que se liberen las hormonas que actuarán sobre las gónadas, que los ojos juegan un papel fundamental en la recepción del estímulo luminoso, y éste en la actividad sexual, se ha comprobado estudiando la respuesta negativa por parte de especies a las que se les ha vendado los ojos. De todo lo anterior no debe concluirse que la luz sea el único factor ambiental a tener en cuenta, ya que es evidente que la temperatura también influye; de hecho, cuando en primavera hay una oleada de frío, las especies retardan su actividad reproductora y, al contrario, si en invierno aumentan accidentalmente las temperaturas, muchos animales adelantan su celo.


En las regiones tropicales, en las que alternan períodos de lluvias con otros de sequía, la época reproductora coincide con el comienzo de las precipitaciones. Entre los factores de origen biológico que pueden actuar como estimulantes del comportamiento reproductor de muchos animales –excepto aves-, se encuentran los olores, las sustancias olorosas liberadas por uno u otro sexo estimulan determinados cambios fisiológicos que conducen al estado reproductor, y así, la mayoría de los mamíferos machos aprecian la posibilidad del estro en las hembras por los fuertes olores que en tal situación producen. Es de experiencia común que, en su ovulación, las perras emiten tales olores que rápidamente se movilizan los perros de su entorno y acuden hacia ellas.

En otros casos, como el del cerdo, son los machos los que con su olor estimulan a la hembra. La explicación fisiológica de este tipo de influencia es la misma que indicamos anteriormente para la luz, salvo que ahora la estimulación es conducida hasta el hipotálamo por los nervios olfatorios.
La presencia de congéneres puede actuar en ciertas especies como estimulante, y así, por ejemplo, muchas palomas no efectúan la puesta si no es en compañía de otras palomas; es más, la paloma delante de un espejo, aunque esté sola, es capaz de poner huevos. Las peleas y amenazas entre individuos de la misma especie por mantener sus dominios territoriales pueden actúan también como factores estimulantes de la reproducción, de ahí que, aun disponiendo de espacio, tiendan a agruparse en relativa proximidad en el momento de la reproducción. Este es el caso de aves marinas, como el albatros que, llegado el momento de la reproducción delimitan un territorio donde se instalará la pareja con el nido.

Determinación ambiental del sexo

Hay animales en los que, al nacer, el sexo está indeterminado, siendo el ambiente el que canaliza el sexo en uno u otro sentido. El ejemplo más típico es el de Bonellia: cuando la hembra va a desovar, se encamina hacia la superficie del agua, y allí abandona a los huevos a su suerte. Estos huevos dan origen a una larva que, nada más nacer, comienza a descender. Si en este descenso la larva se encuentra a una hembra de Bonellia, se aloja a sus trompas y se transforma en un macho parásito y sí, por el contrario, llega hasta el fondo, se desarrollan como hembras.

En el mundo vegetal también encontramos ejemplos similares, pero tal vez el más asombroso sea el de una begonia tropical que crece sobre las ramas de los árboles. Si la planta se desarrolla sobre una rama con luz, producirá flores masculinas; si por el contrario lo hace sobre una zona sombreada o cerca del suelo, dará flores femeninas. Si una planta se ha originado al sol y crece cerca del suelo, pierde las flores masculinas que había desarrollado y la sustituye por otros de sexo femenino.

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